jueves, 15 de diciembre de 2016

La Escuela del Corazón

Hoy voy a aprovechar una reflexión que he escrito en el foro de una asignatura, sobre los "grandes desafíos de la educación". Me ha parecido interesante compartirla, porque en estos tiempos revueltos es importante no perder el foco...


Tengo un buen amigo (en gran parte culpable de que me vea en estas lides) que es maestro ya jubilado.
Solemos conversar sobre estos temas, sobre educación, sobre los retos actuales, sobre cómo afrontarlos, sobre el necesario cambio de paradigma en nuestro sistema, sobre la Escuela del Corazón, como él la llama.
Y una de las cosas que me ha dicho más de una vez es que no hay que perder de vista el foco: para qué educamos, qué pretendemos lograr: ¿personas autónomas?, ¿personas comprometidas?, ¿personas competitivas, preparadas? Él lo tiene claro. En la Escuela que él entiende, la Escuela del Corazón, educamos para lograr personas que amen:
Que se amen así mismas. Que se conozcan y se respeten. Que se cultiven, que se desarrollen, que se cuiden. Que no se dejen intimidar ni pisotear. Que no se conformen. Que sean sinceras, especialmente consigo mismas.
Que amen a los demás. Que sean solidarias, amables, respetuosas. Que no den la espalda, que se abran a los demás. Que sepan reír y llorar, pero sobre todo que sepan acompañar a quien llora o ríe. Que sean empáticas y tolerantes. Que busquen puntos de encuentro y siempre, siempre, la paz.
Que amen a su planeta.  A su entorno. Donde viven. Donde todos vivimos. Y que necesitamos para seguir haciéndolo. Que comprendan y respeten a los animales, a los todos seres vivos. Que comprendan que lo que hacemos tiene consecuencias en nuestro planeta, que es importante reflexionar sobre lo que hacemos y preguntarnos cómo podemos ayudar a que el mundo sea mejor.
Los docentes, nosotros, futuros docentes, tenemos una gran responsabilidad en esto, junto con las familias. Juntos, docentes y familias (y con el apoyo de la Administración), tenemos que lograr construir esa Escuela del Corazón. Y no vale poner excusas ni echar balones fuera ("es que las familias..."; "es que los maestros"; "es que los políticos"; "es que el sistema"...). Si somos conscientes de ello, estamos obligados a sumar, desde nuestra parcela, e intentar invitar a nuestro alrededor a que se sume a esta maravillosa aventura.
Para mí, ese es el auténtico reto, el auténtico desafío de la educación.

domingo, 23 de octubre de 2016

Diario de Misión 01 - #gamificamooc

Esto es importante. Con un hijo de 8 años cuyos ídolos son Willyrex, Vegetta777 y Killercreepers55, que construye ciudades enteras en Minecraft, que cuenta los puntos de las cartas de Pokémon con más soltura que un crupier de las Vegas... Sí, hay que sacarle partido al juego como herramienta educativa; y más aún aplicados a las (no tan) nuevas tecnologías, ya que esta generación de nativos digitales se mueve en ellas como pez en el agua.

Existe amplia bibliografía sobre las bondades del juego. No sólo del juego libre, que es lo primero que nos viene a la cabeza, como es natural. Los niños vienen "programados" para jugar, y jugando es como entienden el mundo. "Gamificar" es otra cuestión. El juego aquí es un medio para conseguir un fin. Se diseña y se dirige para crear una situación de aprendizaje, un marco en el que los "jugadores" logran unos conocimientos y unas competencias. El hecho de plantearlo como juego hace "bajar la guardia", predispone a los "jugadores" a participar y disfrutar, aunque el juego requiera esfuerzo, lo que es fundamental para un buen proceso de aprendizaje.

Gracias a mis amigos Manolo (Manuel Escobar) y Fani (Estefanía Orihuela) he descubierto este curso, que me ha llamado muchísimo la atención y al que no sé si podré dedicar todo el tiempo que me gustaría, pero es un buen comienzo. Tengo mucho tiempo por delante hasta que me vea un día en un aula, pero estoy decidida a aprender todo lo que pueda, y seguir aprendiendo siempre, porque de eso se trata.

PD: agradezco consejos de cómo incluir un plugin de "seguir" para incluir el enlace a la página de Facebook del curso, me estoy pegando de tortas con ello ;)

lunes, 10 de octubre de 2016

¿Deberes o quereres?


A raíz de la huelga de deberes convocada por la CEAPA (más información aquí), se ha reavivado el debate “deberes sí / deberes no”, con más fuerza si cabe, y con mayor polarización de opiniones.
En mi post anterior comentaba que abordaría el tema desde diferentes puntos de vista, y hoy quería intentar acercar posturas. ¿Por qué? Porque me he dado cuenta de que a veces nos metemos en un diálogo de besugos porque estamos llamando a la misma cosa con diferente nombre, o viceversa. Me explico:

Una maestra muy querida me dice que “deberes sí, porque es bueno para que refuercen lo que han trabajado en la escuela lo asimilen y perdure”. A lo que yo pregunto: y para ello, ¿no sería mejor realizar actividades prácticas, dentro de la vida cotidiana, que contextualicen lo visto en clase? Un ejemplo: en clase están estudiando pesos, medidas, monedas…; si a la hora de hacer la compra llevamos a los peques y los involucramos (que pesen la fruta, que vean las diferentes capacidades de los envases, que paguen y reciban el cambio…), ¿no harán suyo lo visto en el colegio? ¿No lo “asimilarán” mejor que si los sentamos a rellenar una ficha de ejercicios? ¿Cuál es el objetivo de la educación obligatoria, especialmente la primaria, ser el mejor rellenando fichas o saber desenvolverse en el día a día?

Un compañero del trabajo asevera que “es importante para que adquieran hábito de trabajo y estudio, porque luego lo necesitarán”. Vale. No niego que en otros niveles de estudios (bachillerato, universidad, ciclos formativos, o incluso para preparar una oposición) sea necesario el estudio autónomo y constante. Pero ese hábito no se fomenta sentando a un niño de 6 años a hacer fichas en su casa, después de 5 horas de clase. Es deber de la escuela enseñar a los niños a “aprender a aprender” (lo dice el currículo oficial, no yo) y sobre todo ha de inculcar cómo lograr su propio aprendizaje, cómo buscar información, cómo cultivar el sentido crítico… Si no da tiempo a hacer todo eso en las horas lectivas (porque las apretadas ratios y la escasez de recursos personales y materiales lo impiden), entonces habrá que pedir la colaboración de las familias. De forma voluntaria y en la medida de sus posibilidades. Y con mentalidad de apertura y diálogo. Habrá familias que colaboren siempre o casi siempre encantadas, porque quieren y pueden (seguramente sean la mayoría). Habrá familias que a veces sí y a veces no, porque quieren pero no pueden. Habrá familias que “ni estén ni se les espere”. Conocer la realidad familiar de los alumnos y tener una actitud de diálogo con las familias es responsabilidad también de las escuelas (“promoverán compromisos educativos…” lo dice la ley, no yo). En aquellos casos en que no sea posible la colaboración de las familias, sigue siendo responsabilidad de la escuela buscar otras vías para compensar dicha circunstancia.

Una directora de colegio trató de convencerme de que los deberes “inculcan el sentido de responsabilidad y disciplina”. Ya. Y también practicar con un instrumento musical. O un deporte. O cuidar a una mascota. O implicar a los niños en las tareas domésticas. O cuidar un huerto. O ayudar a un hermano pequeño o a un compañero. O dándole alguna responsabilidad en el propio colegio (delegado, mediador de conflictos, secretario de la clase,…). Hay muchas y variadas formas de educar a los niños para que sean personas responsables y disciplinadas. Los niños no tienen la percepción sobre el futuro que tenemos los adultos. Sus motivaciones son más a corto plazo, por lo que habrá que adecuar el método de enseñanza a su ritmo de aprendizaje, y no al revés.

Un padre me decía que la pega era que  “la ley ha cargado el currículo de contenidos que no da tiempo de ver en el colegio”. Y hay que mandar para casa lo que no da tiempo de ver en clase. Aceptemos tal premisa: realmente eso no es un argumento “a favor” de los deberes, en todo caso es un fallo del sistema. Si no da tiempo de realizar en horario escolar lo que se debe, primero hay que hacer autocrítica de cómo se está programando el curso (¿no será que lo que no da tiempo es de “acabar el libro”); si aun así persiste el problema, y es generalizado, la solución pasa por cambiar el sistema, no por fastidiar a los niños.

Otra madre argumentaba que a su hija le encantaba hacer tareas en casa, y que echaban un rato estupendo y que no les suponía un problema. ¡Pues adelante!

En mi opinión, el verdadero problema con los deberes es que en ellos concurren las siguientes características:
  1. Son obligatorios. Se coacciona a los niños y a sus familias para que los hagan, sí o sí, con amenazas de castigos y bajadas de notas. Si se planteasen como una “propuesta”, las familias se acomodarían a hacerlos o no según sus posibilidades o preferencias educativas.
  2. Son iguales para todos. No se tienen en cuenta las necesidades individuales de cada alumno, ni sus circunstancias familiares. Eso, de hecho, va en contra del principio de individualización de la educación.
  3. Son unilaterales. Se mandan del colegio a casa sin ningún tipo de diálogo ni consenso previo, invadiendo el tiempo y espacio familiar sin tan siquiera pedir permiso. “Promoverán los compromisos, y bla, bla, bla…”.
  4. Son aburridos y repetitivos. Los niños quieren y necesitan jugar. Necesitan cambiar de actividades, no pueden estar haciendo lo mismo 5 horas en el colegio y otra hora más (o dos, o tres) en casa. El aprendizaje requiere de motivación e implicación personal, si no, no es tal aprendizaje.

Hay familias y docentes “a favor” de los deberes que me rebaten:
  • “Mi hija quiere hacerlos, de hecho me pide más”. Adelante, son voluntarios, los está pidiendo ella. Eso no son deberes. Son “quereres” (término que leí a una amiga hace tiempo, y me pareció más que acertado)
  • “Yo no mando hacer fichas, sino que los animo a buscar información en internet, entrevistar a familiares sobre algún tema de clase…” Perfecto. Son actividades complementarias que pueden enriquecer el aprendizaje. Sólo hay que asegurarse de que el niño puede llevarlas a cabo en su casa, y recabar el compromiso, si puede ser, de la familia. Y entonces no son deberes, vuelven a ser “quereres”.
  • “Yo sólo mando reforzar algún aspecto concreto a algún alumno que va rezagado”. Claro que sí. Pero de nuevo hay que hablarlo primero con la familia, el compromiso ha de ser mutuo. Y siendo así, dejan de ser “deberes”. “Apoyos educativos”, creo que se llaman. Y “quereres”, al fin y al cabo.
  • “Yo sólo mando lo que no hemos terminado en clase”. Ommmmmm. En serio. Hay que hacer autocrítica y diseñar bien las programaciones. Y si algún niño en concreto va a un ritmo más lento del que se había programado, léase el punto anterior (o seguirlo a su ritmo, que igual necesita más tiempo pero llega, pero eso es otra cuestión).

De lo anterior se puede ver que a veces llamamos deberes a cosas que no son tales. Premisas de los “quereres”:
  1. Son voluntarios. Las familias (los niños) los realizan en función de sus posibilidades y su no realización no tiene consecuencias académicas ni disciplinarias.
  2. Son motivadores. Tienen que incitar a la curiosidad natural, suponer un reto, tener carácter lúdico. Son niños, no lo olvidemos.
  3. Son consensuados. No podemos imponer a una familia una actividad como y cuando queremos. Hay que dialogar. A lo mejor la actividad que proponemos no es factible para alguna familia, pero pueden abordarla de forma diferente. O a lo mejor no pueden realizarla en el plazo dado. Diálogo, flexibilidad, comprensión, respeto… En ambos sentidos, no se puede pedir lo que no se está dispuesto a dar.
  4. Son significativos. Sentaos y meditad. Antes de proponer una actividad, pensad qué finalidad tiene, qué huella dejará en el niño, si realmente ayudará en su proceso de aprendizaje. Parafraseando a José Mota, “hacerlos pa’ná es tontería”.

Y dicho todo esto, ¿con qué te quedas? ¿deberes o quereres?

martes, 20 de septiembre de 2016

¿Deberes como criterio de evaluación?

Comienza el curso escolar.

En muchos colegios se convocan reuniones en las que se explica a las familias cómo será la dinámica del curso y, entre otras cosas, si se mandarán o no deberes para casa, y el impacto de su realización (o no) en las notas de los niños.

Es frecuente estos días, en los mentideros habituales (léase “parques infantiles cercanos a los colegios”), escuchar conversaciones como:

MADRE/PADRE Nº 1: “A mi hijo de 1º de primaria le van a mandar deberes todos los días, un poquito, para afianzar contenidos y adquirir hábito de estudio.”
MADRE/PADRE Nº 2: “Ah, vaya. Y, ¿son obligatorios?”
MADRE/PADRE Nº 1: “Huy, claro, son un 25% de la nota.”

Cuando la que suscribe es parte de la conversación (en el papel de MADRE/PADRE Nº 2), y dependiendo del grado de confianza que tenga con mi interlocutor/a, o bien el tema termina con una educada sonrisa de circunstancias por mi parte, o bien entro un poco a hurgar en a ver qué pasa (sí, soy algo malvada, buahahá!!).

Y, como de los tiempos en que estudié filosofía en C.O.U. me chifla el método socrático (más popularmente conocido como “hacer de abogado del diablo”), mi modus operandi suele ser hacer preguntas “inocentes” a la otra parte, de esas que dan un poco en qué pensar.

  • “¿Y qué pasa si no tenéis tiempo para hacer deberes todas las tardes y los lleva sin hacer?”
  • “¿Se los corrigen a todos los niños todos los días?”
  • “¿Les dan feed-back de los errores cometidos y se los dejan rehacer?”
  • “¿Comprueban cómo es el ambiente de trabajo de cada niño en casa, los medios materiales y apoyo personal  que tiene, así como las circunstancias particulares de la convivencia de cada familia que puedan influir en la realización de los deberes?”
  • “¿Os han informado de la rúbrica que van a usar en la evaluación de esas tareas? ¿Qué aspectos dentro de la tarea en sí van a evaluar y cómo? ¿La adquisición de qué competencias básicas pretenden medir y cómo?”


Finalmente, cuando la/el MADRE/PADRE Nº 1 se sitúa en un mar de dudas, al no poder dar respuesta (o al menos no una respuesta satisfactoria) a las anteriores cuestiones, paso a informar al/ a la susodicho/a de cómo está la normativa vigente al respecto:

  1. En el Real Decreto 126/2014, de 28 de febrero, por el que se establece el currículo básico de la Educación Primaria, en su artículo 2 se definen los denominados “Estándares de aprendizaje evaluables”, como “especificaciones de los criterios de evaluación que permiten definir los resultados de aprendizaje, y que concretan lo que el alumno debe saber, comprender y saber hacer en cada asignatura; deben ser observables, medibles y evaluables y permitir graduar el rendimiento o logro alcanzado. Su diseño debe contribuir y facilitar el diseño de pruebas estandarizadas y comparables”. En ningún sitio aparecen los deberes en casa como estándar de aprendizaje.
  2. Además, en la Orden ECD/65/2015, de 21 de enero, por la que se describen las relaciones entre las competencias, los contenidos y los criterios de evaluación de la educación primaria, la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, se profundiza en el concepto de que “las competencias clave deben estar integradas en las áreas o materias de las propuestas curriculares, y en ellas definirse, explicitarse y desarrollarse suficientemente los resultados de aprendizaje que los alumnos y alumnas deben conseguir” (art. 5). Y llegan a dar unas “orientaciones para facilitar el desarrollo de estrategias metodológicas que permitan trabajar por competencias en el aula”. Entre las que, como no podía ser de otra manera, no se encuentra la realización de tareas en casa.

De los dos puntos anteriores se puede llegar fácilmente a la conclusión de que no, los deberes no deben formar parte de la nota de nuestros hijos e hijas, ya que ni responden a los objetivos ni cumplen los requisitos marcados por la normativa vigente. Todo ello desde el punto de vista legal y en cuanto a utilizarlos como criterio de evaluación.

En otro momento trataré de abordar este tema desde otros ángulos (legal, en cuanto a intromisión en la vida familiar; pedagógico, en cuanto a las supuestas virtudes de la realización sistemática de deberes; psicológico, en cuanto a los efectos de la privación de tiempo de ocio en los niños…).

Y finalmente, ¿qué puede hacerse al respecto, si, visto lo anterior nos caemos del guindo y decidimos que gracias pero deberes no, gracias? La secuencia, a mi juicio, recomendable, sería la siguiente:

  1. Hablar con los/as maestros/as: son personas preocupadas por la educación de nuestros/as hijos/as. Estamos en el mismo barco y debemos remar juntos en la misma dirección. A veces se trabaja desde la inercia, la costumbre, y no se es consciente de que hay otras alternativas. Exponed vuestras razones con claridad y firmeza, pero siempre desde el respeto. Os puede sorprender (gratamente) la respuesta.
  2. Hablar con el/la Jefe de Estudios: en ocasiones el punto 1 es infructuoso, bien porque se enroquen en el no, bien porque os digan “es que me viene mandado desde arriba”. Pues bien, las mismas premisas que en el caso anterior: claridad, firmeza y respeto.
  3. Presentar la solicitud por escrito: cuando las palabras se las lleva el viento, entra a jugar el papel, que como dicen en la Administración, “todo lo aguanta”. La forma de formular la solicitud sería dirigida a la Dirección del centro, exponiendo vuestras razones y lo que solicitáis. Lleváis dos copias a secretaría, de las cuales os han de devolver una sellada como resguardo. Llegados a este punto, habréis de solicitar que la respuesta os la den asimismo por escrito, de manera que, si no es satisfactoria, podáis pasar al punto 4.
  4. Presentar una reclamación en la Inspección Educativa que os corresponda: como todo acto administrativo, la respuesta que os den de la Dirección del colegio es susceptible de ser recurrida ante el órgano inmediatamente superior. Y esto no es más que presentar un escrito similar al del colegio, explicando lo que habéis solicitado y por qué, cómo os lo han denegado y por qué no estáis de acuerdo. Lo acompañáis de la copia del escrito del punto 3 y “chimpúm”.


¿Y si en la Inspección dan la razón al colegio? Pues… se puede seguir escalando (recurso ante la Consejería de Educación, contencioso-administrativo ante los juzgados…) o, plantearse seriamente cambiar de colegio en tanto no cambie todo el sistema educativo.

¿Y por qué Magisterio?

Este año cumplo 40.

Y no sé si será por culpa de la famosa crisis, pero he decidido empezar a estudiar una nueva carrera. A mi edad. Trabajando. Con dos niños (y dos gatas) (y un marido).

Y no cualquier carrera: Magisterio (o “Grado en Educación Primaria, como se llama ahora).

¿Por qué?

Para empezar, porque sí.

Porque me apetece.

Porque me lo pide el corazón (aunque la cabeza me dice que estoy como una cabra).

Porque me apasiona todo lo relacionado con la Educación, desde siempre.

Porque cuando ayudaba a mis compañeros en el colegio, en el instituto, en el conservatorio, en mi primera carrera… me decían “qué bien se te da, deberías dedicarte a esto”.

Porque desde que tengo hijos me fascina todo lo que tiene que ver con su evolución y aprendizaje y casi no leo otra cosa que no sea relacionado con ese tema .

Porque a veces ejerzo de evaluadora en pruebas estandarizadas y rabio por no poder ayudar a los examinandos, por no poder explicarles dónde han cometido errores y cómo pueden hacer para mejorar.

Porque creo que tengo cosas interesantes que compartir.

Porque un amigo maestro me dijo que podía hacerlo.

Porque yo me dije que podía hacerlo.

Porque la única forma de cambiar realmente el mundo empieza y acaba con la Educación.

Y … y, ¿por qué no?

Este blog pretende ser varias cosas:

- una, un cuaderno de bitácora donde ir dando cuenta de mi propio aprendizaje, de mi evolución, de mi viaje personal en esta aventura maravillosa, que no sé a dónde me llevará, pero que promete ser emocionante;

- otra, mi particular ventana desde la que mostrar, compartir lo (poco) que sé, lo que pienso, lo que siento, mis particulares reflexiones sobre diferentes aspectos de la Educación.


Os invito a que me acompañéis y a que compartáis conmigo este cocinar a fuego lento. Sobra decir que vuestros comentarios son más que bienvenidos, ¡cómo aprenderé si no! :)