No me digáis nada, que ya me lo digo yo todo. Me da un perezón tremendo sentarme a escribir. Soy así: queredme. Y, bueno, las Navidades las he dedicado a mis criaturas (y a los videojuegos, todo hay que decirlo). Y luego enero lo he dedicado a los exámenes. Y cuando me he querido dar cuenta, he empezado el segundo periodo de prácticas y ando durmiéndome por los rincones en cuanto vuelvo a casa.
Voy a intentar resumir lo que me he dejado en el tintero, para de alguna forma cerrar la etapa anterior y empezar esta nueva. Igual me sale un post un pelín más largo de la cuenta, pero no me quiero dejar nada interesante (bueno, interesante a mi juicio, claro, igual al vuestro no lo es). Sed benévolos.
Empiezo con las actividades de lengua y mates que tuve que preparar y realizar sola. Más que nada porque lo mencioné en mi publicación anterior, porque me da muuuuuucha pereza (y algo de vergüenza, todo sea dicho).
Para mates, como estaban trabajando la suma desde la descomposición y había criaturas que tenían dificultades porque no terminaban de verlo, se me ocurrió plantear una actividad de castillitos de descomposición apoyándose en el material de numerator. No, no me voy a entretener en explicar lo que es, sorry, San Google está ahí para eso. Baste decir que me disponía a ejecutar un salto mortal con tirabuzón y pirueta, porque, claro, había que intentar poner en práctica todo lo aprendido en el grado (insertar aquí emoji de poner los ojos en blanco). Supuestamente el alumnado había trabajado previamente con el numerator, fue lo primero que pregunté, porque si no la actividad no tendría sentido. Pero, al presentarles el material en clase, la mayoría no recordaba bien cómo usarlo. Ahí tendría que haber parado y, o bien dedicar toda la sesión a jugar con el numerator, o bien descartarlo y dedicarnos a los castillitos. Pero claro, error de novata, seguí aferrada al plan y el resultado fue un poco de caos y desbarajuste. La parte positiva es que, como tenía que repetir la misma sesión en ambos grupos, puede rectificar en el segundo y la cosa fue algo mejor. Dedicamos un rato más largo a presentar el material y jugar con el numerator, y solo cuando los vi con soltura intentamos hacer alguno de los castillitos.
Lengua fue bastante mejor. Planteé una actividad de escritura creativa, en la que le daba a cada niño/a una frase con la que empezar una historia; a mitad de la historia tenían que intercambiarla con otra/o compi, de manera que cada uno/a terminara el relato del/de la otro/a. Un poco triple salto mortal también, porque con una sola actividad pretendía trabajar: expresión y comprensión escrita, caligrafía y ortografía. La mayor traba fue conseguir coordinar ese intercambio de redacciones entre el alumnado. Pero, vaya, que ni tan mal. Salieron historias curiosas y aprendimos a respetar el trabajo de los demás y a ser amables cuando criticamos, especialmente al hablar de la forma de escribir de otros.
Sin duda donde más disfrutamos, aparte de con Charlie, fue en la última sesión que les preparé para proyectos. Volvimos a jugar un kahoot repasando reptiles y anfibios; más fluido que la vez anterior, aunque seguía costando restablecer la calma tras cada pregunta. Cerramos la doble sesión con una presentación en la que les había seleccionado varias especies de reptiles y anfibios que se encuentran en peligro. Fue un rato de pura fantasía, con la mayoría del alumnado muy atento a lo que se contaba, muchísimas preguntas, mucho debate...
¿Qué más cosas hicimos? Pongo unos epígrafes para no perdernos (no van necesariamente en orden cronológico):
1. Huerto.
Los días que la meteorología lo permitió tuvimos unas sesiones maravillosas. Hicimos un mandala utilizando hojas caídas de diferentes tonalidades, removimos la tierra para encontrar y observar larvas y lombrices... Los días de lluvia nos traíamos las actividades a clase, de forma coordinada con el proyecto, de manera que investigamos y aprendimos sobre artrópodos varios: arácnidos e insectos. Seguía habiendo algún problema para mantener la atención y evitar conflictos, pero bastante más controlado que cuando llegué en noviembre.
2. Semana de la ciencia.
Dedicamos las tardes de esa semana a aprender sobre el método científico, culminando con nuestro propio experimento: por equipos, diseñar algún artefacto para evitar que se nos rompiera un globo de agua que lanzaríamos desde lo alto de la escalera de incendios. Salieron ideas realmente curiosas, que incluso funcionaron. Pero, sobre todo, esto nos permitió trabajar más la cooperación, el respeto a los compañeros, la asertividad...
Hubo un grupo en el que se creó un conflicto que necesitamos algo de tiempo para resolver: uno de los niños, E., con una mente de auténtico ingeniero, se había encargado de diseñar la solución para el globo. El problema fue que otro compañero, A., sugirió una modificación en el diseño que fue aceptada por el resto del equipo excepto por E. Y E. tenía grandes problemas para aceptar cambios o encajar contrariedades. Así que hubo que mediar en el conflicto, ya que E. llegó al punto de querer romper el artefacto de todos porque "así no se puede, está mal". Se quedó el diseño decidido por la mayoría del equipo, se lanzó el globo y... sobrevivió. Menos mal, porque mi amigo E. estaba esperando a que se rompiera para decir "os lo dije". Al final, un poco a regañadientes, terminó reconociendo que para poder trabajar en equipo a veces hay que ceder y aceptar las ideas de los compañeros, que pueden ser tan buenas como las nuestras.
3. Excursión.
Covid, covad, cada día te odio más... El covid se había cargado todo el plan de salidas del centro, que es una de las piedras angulares del PEC (Giner de los Ríos, aprender en la vida real, etc, etc.) Pero una semana antes de acabar el trimestre se autorizaron salidas que pudieran hacerse al pie y que permitieran estar de vuelta a la hora de comer. Por suerte el cole tiene zonas de campo muy cerca, así que un viernes cogimos a toda la chiquillería de 2º y nos la llevamos a dar un paseo por un campito que estaba cerca, para que pudieran observar madrigueras de conejos, huellas de jabalíes, hongos, setas, musgo y mil cosas más.
Tras el paseo nos instalamos en una pequeña pradera a tomar el almuerzo y jugar un rato. Había una cantidad enorme de palos por el suelo; no podréis imaginar lo que ocurrió a continuación: un grupo bastante numeroso empezó a jugar a peleas con los palos, lo que acabó en pandemonium. María, la orientadora del primer ciclo, hizo parar a todo el mundo y les dio la siguiente instrucción: se podía jugar con los palos a cualquier cosa, excepto a peleas. Y lo que sucedió a continuación os sorprenderá de verdad: automáticamente pararon las peleas y empezó una frenética actividad constructora. En un rato aparecieron, como por arte de magia, teepees, chozas,y casi casi chalés con piscina. También hubo quien se dedicó a hacer mandalas con hojas, palos, piedras y "pedos de lobo".
No puedo resistirme a poner alguna foto de las obras de los peques:
4. Último día.
Ay. Se me hace un nudo en la garganta cada vez que recuerdo ese día. Por ser el último antes de las vacaciones, la jornada terminaba a las dos de la tarde. No había clases y cada docente se quedaba en el aula de su tutoría, mientras que quienes no eran tutores se iban pasando por las distintas clases a saludar, felicitar las fiestas y cantar villancicos.
Mis peques me habían preparado un regalo de despedida: un libro con dedicatorias de toda la clase, a cual más linda. Marta, mi tutora, me regaló un libro de cuentos como el que ella usaba en el aula. Y yo con la lagrimilla todo el rato. Pero lo más bonito sucedió después.
Durante la mañana hicimos un "árbol de los deseos": unimos unos palos de diferentes tamaños que habíamos traído de la excursión, de menor a mayor, dándoles forma de árbol de navidad. Luego le pedimos al alumnado que escribieran un deseo en unos círculos de papel que habíamos recortado. Y este fue el resultado:
Al final de la mañana, ya bastante cansados, nos pusimos a ver una película navideña. Pero uno de los niños, N., estaba especialmente inquieto y no disfrutaba de la peli. Así que me lo saqué conmigo al pasillo a tocar canciones con el ukelele (que, por cierto, había estado echando humo durante toda la mañana con los villancicos). Y sucedió algo maravilloso: N., quien no había demostrado gran interés por la música con anterioridad, resultó tener un oído y un sentido del ritmo enormes, y pasamos un rato muy divertido; él iba rasgueando las cuerdas al ritmo que le apetecía mientras que yo iba formando acordes diferentes. Poco a poco se nos fueron uniendo más niños y niñas y acabamos teniendo un taller de música improvisado.
Y hasta aquí mi periplo durante mi primer periodo de prácticas. A la vuelta de las vacaciones de Navidad me he encontrado con mis peques (van a ser "mis peques" ya forever) a la salida del cole, cuando he ido a recoger a mi propia hija, y me han recibido con un coro de "¡Vickyyyyyy! ¡Hola, Vicky! ¿Cuando vuelves con nosotros?". Deseando estoy de volver a clase a ver qué tal están y seguir aprendiendo de ellas y ellos.
P.D.: cada instante invertido en tratar a las criaturas con cariño, humildad, respeto y paciencia, viene devuelto con creces.








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