domingo, 23 de octubre de 2016

Diario de Misión 01 - #gamificamooc

Esto es importante. Con un hijo de 8 años cuyos ídolos son Willyrex, Vegetta777 y Killercreepers55, que construye ciudades enteras en Minecraft, que cuenta los puntos de las cartas de Pokémon con más soltura que un crupier de las Vegas... Sí, hay que sacarle partido al juego como herramienta educativa; y más aún aplicados a las (no tan) nuevas tecnologías, ya que esta generación de nativos digitales se mueve en ellas como pez en el agua.

Existe amplia bibliografía sobre las bondades del juego. No sólo del juego libre, que es lo primero que nos viene a la cabeza, como es natural. Los niños vienen "programados" para jugar, y jugando es como entienden el mundo. "Gamificar" es otra cuestión. El juego aquí es un medio para conseguir un fin. Se diseña y se dirige para crear una situación de aprendizaje, un marco en el que los "jugadores" logran unos conocimientos y unas competencias. El hecho de plantearlo como juego hace "bajar la guardia", predispone a los "jugadores" a participar y disfrutar, aunque el juego requiera esfuerzo, lo que es fundamental para un buen proceso de aprendizaje.

Gracias a mis amigos Manolo (Manuel Escobar) y Fani (Estefanía Orihuela) he descubierto este curso, que me ha llamado muchísimo la atención y al que no sé si podré dedicar todo el tiempo que me gustaría, pero es un buen comienzo. Tengo mucho tiempo por delante hasta que me vea un día en un aula, pero estoy decidida a aprender todo lo que pueda, y seguir aprendiendo siempre, porque de eso se trata.

PD: agradezco consejos de cómo incluir un plugin de "seguir" para incluir el enlace a la página de Facebook del curso, me estoy pegando de tortas con ello ;)

lunes, 10 de octubre de 2016

¿Deberes o quereres?


A raíz de la huelga de deberes convocada por la CEAPA (más información aquí), se ha reavivado el debate “deberes sí / deberes no”, con más fuerza si cabe, y con mayor polarización de opiniones.
En mi post anterior comentaba que abordaría el tema desde diferentes puntos de vista, y hoy quería intentar acercar posturas. ¿Por qué? Porque me he dado cuenta de que a veces nos metemos en un diálogo de besugos porque estamos llamando a la misma cosa con diferente nombre, o viceversa. Me explico:

Una maestra muy querida me dice que “deberes sí, porque es bueno para que refuercen lo que han trabajado en la escuela lo asimilen y perdure”. A lo que yo pregunto: y para ello, ¿no sería mejor realizar actividades prácticas, dentro de la vida cotidiana, que contextualicen lo visto en clase? Un ejemplo: en clase están estudiando pesos, medidas, monedas…; si a la hora de hacer la compra llevamos a los peques y los involucramos (que pesen la fruta, que vean las diferentes capacidades de los envases, que paguen y reciban el cambio…), ¿no harán suyo lo visto en el colegio? ¿No lo “asimilarán” mejor que si los sentamos a rellenar una ficha de ejercicios? ¿Cuál es el objetivo de la educación obligatoria, especialmente la primaria, ser el mejor rellenando fichas o saber desenvolverse en el día a día?

Un compañero del trabajo asevera que “es importante para que adquieran hábito de trabajo y estudio, porque luego lo necesitarán”. Vale. No niego que en otros niveles de estudios (bachillerato, universidad, ciclos formativos, o incluso para preparar una oposición) sea necesario el estudio autónomo y constante. Pero ese hábito no se fomenta sentando a un niño de 6 años a hacer fichas en su casa, después de 5 horas de clase. Es deber de la escuela enseñar a los niños a “aprender a aprender” (lo dice el currículo oficial, no yo) y sobre todo ha de inculcar cómo lograr su propio aprendizaje, cómo buscar información, cómo cultivar el sentido crítico… Si no da tiempo a hacer todo eso en las horas lectivas (porque las apretadas ratios y la escasez de recursos personales y materiales lo impiden), entonces habrá que pedir la colaboración de las familias. De forma voluntaria y en la medida de sus posibilidades. Y con mentalidad de apertura y diálogo. Habrá familias que colaboren siempre o casi siempre encantadas, porque quieren y pueden (seguramente sean la mayoría). Habrá familias que a veces sí y a veces no, porque quieren pero no pueden. Habrá familias que “ni estén ni se les espere”. Conocer la realidad familiar de los alumnos y tener una actitud de diálogo con las familias es responsabilidad también de las escuelas (“promoverán compromisos educativos…” lo dice la ley, no yo). En aquellos casos en que no sea posible la colaboración de las familias, sigue siendo responsabilidad de la escuela buscar otras vías para compensar dicha circunstancia.

Una directora de colegio trató de convencerme de que los deberes “inculcan el sentido de responsabilidad y disciplina”. Ya. Y también practicar con un instrumento musical. O un deporte. O cuidar a una mascota. O implicar a los niños en las tareas domésticas. O cuidar un huerto. O ayudar a un hermano pequeño o a un compañero. O dándole alguna responsabilidad en el propio colegio (delegado, mediador de conflictos, secretario de la clase,…). Hay muchas y variadas formas de educar a los niños para que sean personas responsables y disciplinadas. Los niños no tienen la percepción sobre el futuro que tenemos los adultos. Sus motivaciones son más a corto plazo, por lo que habrá que adecuar el método de enseñanza a su ritmo de aprendizaje, y no al revés.

Un padre me decía que la pega era que  “la ley ha cargado el currículo de contenidos que no da tiempo de ver en el colegio”. Y hay que mandar para casa lo que no da tiempo de ver en clase. Aceptemos tal premisa: realmente eso no es un argumento “a favor” de los deberes, en todo caso es un fallo del sistema. Si no da tiempo de realizar en horario escolar lo que se debe, primero hay que hacer autocrítica de cómo se está programando el curso (¿no será que lo que no da tiempo es de “acabar el libro”); si aun así persiste el problema, y es generalizado, la solución pasa por cambiar el sistema, no por fastidiar a los niños.

Otra madre argumentaba que a su hija le encantaba hacer tareas en casa, y que echaban un rato estupendo y que no les suponía un problema. ¡Pues adelante!

En mi opinión, el verdadero problema con los deberes es que en ellos concurren las siguientes características:
  1. Son obligatorios. Se coacciona a los niños y a sus familias para que los hagan, sí o sí, con amenazas de castigos y bajadas de notas. Si se planteasen como una “propuesta”, las familias se acomodarían a hacerlos o no según sus posibilidades o preferencias educativas.
  2. Son iguales para todos. No se tienen en cuenta las necesidades individuales de cada alumno, ni sus circunstancias familiares. Eso, de hecho, va en contra del principio de individualización de la educación.
  3. Son unilaterales. Se mandan del colegio a casa sin ningún tipo de diálogo ni consenso previo, invadiendo el tiempo y espacio familiar sin tan siquiera pedir permiso. “Promoverán los compromisos, y bla, bla, bla…”.
  4. Son aburridos y repetitivos. Los niños quieren y necesitan jugar. Necesitan cambiar de actividades, no pueden estar haciendo lo mismo 5 horas en el colegio y otra hora más (o dos, o tres) en casa. El aprendizaje requiere de motivación e implicación personal, si no, no es tal aprendizaje.

Hay familias y docentes “a favor” de los deberes que me rebaten:
  • “Mi hija quiere hacerlos, de hecho me pide más”. Adelante, son voluntarios, los está pidiendo ella. Eso no son deberes. Son “quereres” (término que leí a una amiga hace tiempo, y me pareció más que acertado)
  • “Yo no mando hacer fichas, sino que los animo a buscar información en internet, entrevistar a familiares sobre algún tema de clase…” Perfecto. Son actividades complementarias que pueden enriquecer el aprendizaje. Sólo hay que asegurarse de que el niño puede llevarlas a cabo en su casa, y recabar el compromiso, si puede ser, de la familia. Y entonces no son deberes, vuelven a ser “quereres”.
  • “Yo sólo mando reforzar algún aspecto concreto a algún alumno que va rezagado”. Claro que sí. Pero de nuevo hay que hablarlo primero con la familia, el compromiso ha de ser mutuo. Y siendo así, dejan de ser “deberes”. “Apoyos educativos”, creo que se llaman. Y “quereres”, al fin y al cabo.
  • “Yo sólo mando lo que no hemos terminado en clase”. Ommmmmm. En serio. Hay que hacer autocrítica y diseñar bien las programaciones. Y si algún niño en concreto va a un ritmo más lento del que se había programado, léase el punto anterior (o seguirlo a su ritmo, que igual necesita más tiempo pero llega, pero eso es otra cuestión).

De lo anterior se puede ver que a veces llamamos deberes a cosas que no son tales. Premisas de los “quereres”:
  1. Son voluntarios. Las familias (los niños) los realizan en función de sus posibilidades y su no realización no tiene consecuencias académicas ni disciplinarias.
  2. Son motivadores. Tienen que incitar a la curiosidad natural, suponer un reto, tener carácter lúdico. Son niños, no lo olvidemos.
  3. Son consensuados. No podemos imponer a una familia una actividad como y cuando queremos. Hay que dialogar. A lo mejor la actividad que proponemos no es factible para alguna familia, pero pueden abordarla de forma diferente. O a lo mejor no pueden realizarla en el plazo dado. Diálogo, flexibilidad, comprensión, respeto… En ambos sentidos, no se puede pedir lo que no se está dispuesto a dar.
  4. Son significativos. Sentaos y meditad. Antes de proponer una actividad, pensad qué finalidad tiene, qué huella dejará en el niño, si realmente ayudará en su proceso de aprendizaje. Parafraseando a José Mota, “hacerlos pa’ná es tontería”.

Y dicho todo esto, ¿con qué te quedas? ¿deberes o quereres?