A raíz de la huelga
de deberes convocada por la CEAPA (más información aquí), se ha reavivado el
debate “deberes sí / deberes no”, con más fuerza si cabe, y con mayor
polarización de opiniones.
En mi post anterior
comentaba que abordaría el tema desde diferentes puntos de vista, y hoy quería
intentar acercar posturas. ¿Por qué? Porque me he dado cuenta de que a veces
nos metemos en un diálogo de besugos porque estamos llamando a la misma cosa
con diferente nombre, o viceversa. Me explico:
Una maestra muy
querida me dice que “deberes sí, porque es bueno para que refuercen lo que han trabajado
en la escuela lo asimilen y perdure”. A lo que yo pregunto: y para ello, ¿no
sería mejor realizar actividades prácticas, dentro de la vida cotidiana, que
contextualicen lo visto en clase? Un ejemplo: en clase están estudiando pesos,
medidas, monedas…; si a la hora de hacer la compra llevamos a los peques y los
involucramos (que pesen la fruta, que vean las diferentes capacidades de los
envases, que paguen y reciban el cambio…), ¿no harán suyo lo visto en el
colegio? ¿No lo “asimilarán” mejor que si los sentamos a rellenar una ficha de
ejercicios? ¿Cuál es el objetivo de la educación obligatoria, especialmente la primaria, ser el mejor rellenando fichas o saber desenvolverse en el día a día?
Un compañero del
trabajo asevera que “es importante para que adquieran hábito de trabajo y
estudio, porque luego lo necesitarán”. Vale. No niego que en otros niveles de
estudios (bachillerato, universidad, ciclos formativos, o incluso para preparar
una oposición) sea necesario el estudio autónomo y constante. Pero ese hábito
no se fomenta sentando a un niño de 6 años a hacer fichas en su casa, después
de 5 horas de clase. Es deber de la escuela enseñar a los niños a “aprender a
aprender” (lo dice el currículo oficial, no yo) y sobre todo ha de inculcar
cómo lograr su propio aprendizaje, cómo buscar información, cómo cultivar el
sentido crítico… Si no da tiempo a hacer todo eso en las horas lectivas (porque
las apretadas ratios y la escasez de recursos personales y materiales lo
impiden), entonces habrá que pedir la colaboración de las familias. De forma
voluntaria y en la medida de sus posibilidades. Y con mentalidad de apertura y
diálogo. Habrá familias que colaboren siempre o casi siempre encantadas, porque
quieren y pueden (seguramente sean la mayoría). Habrá familias que a veces sí y
a veces no, porque quieren pero no pueden. Habrá familias que “ni estén ni se
les espere”. Conocer la realidad familiar de los alumnos y tener una actitud de
diálogo con las familias es responsabilidad también de las escuelas (“promoverán
compromisos educativos…” lo dice la ley, no yo). En aquellos casos en que no
sea posible la colaboración de las familias, sigue siendo responsabilidad de la
escuela buscar otras vías para compensar dicha circunstancia.
Una directora de
colegio trató de convencerme de que los deberes “inculcan el sentido de responsabilidad
y disciplina”. Ya. Y también practicar con un instrumento musical. O un
deporte. O cuidar a una mascota. O implicar a los niños en las tareas
domésticas. O cuidar un huerto. O ayudar a un hermano pequeño o a un compañero.
O dándole alguna responsabilidad en el propio colegio (delegado, mediador de
conflictos, secretario de la clase,…). Hay muchas y variadas formas de educar a
los niños para que sean personas responsables y disciplinadas. Los niños no
tienen la percepción sobre el futuro que tenemos los adultos. Sus motivaciones
son más a corto plazo, por lo que habrá que adecuar el método de enseñanza a su
ritmo de aprendizaje, y no al revés.
Un padre me decía
que la pega era que “la ley ha cargado
el currículo de contenidos que no da tiempo de ver en el colegio”. Y hay que
mandar para casa lo que no da tiempo de ver en clase. Aceptemos tal premisa:
realmente eso no es un argumento “a favor” de los deberes, en todo caso es un
fallo del sistema. Si no da tiempo de realizar en horario escolar lo que se
debe, primero hay que hacer autocrítica de cómo se está programando el curso
(¿no será que lo que no da tiempo es de “acabar el libro”); si aun así persiste
el problema, y es generalizado, la solución pasa por cambiar el sistema, no por
fastidiar a los niños.
Otra madre
argumentaba que a su hija le encantaba hacer tareas en casa, y que echaban un
rato estupendo y que no les suponía un problema. ¡Pues adelante!
En mi opinión, el
verdadero problema con los deberes es que en ellos concurren las siguientes
características:
- Son obligatorios.
Se coacciona a los niños y a sus familias para que los hagan, sí o sí, con
amenazas de castigos y bajadas de notas. Si se planteasen como una “propuesta”,
las familias se acomodarían a hacerlos o no según sus posibilidades o preferencias
educativas.
- Son iguales para
todos. No se tienen en cuenta las necesidades individuales de cada alumno, ni
sus circunstancias familiares. Eso, de hecho, va en contra del principio de
individualización de la educación.
- Son unilaterales.
Se mandan del colegio a casa sin ningún tipo de diálogo ni consenso previo,
invadiendo el tiempo y espacio familiar sin tan siquiera pedir permiso.
“Promoverán los compromisos, y bla, bla, bla…”.
- Son aburridos y
repetitivos. Los niños quieren y necesitan jugar. Necesitan cambiar de
actividades, no pueden estar haciendo lo mismo 5 horas en el colegio y otra
hora más (o dos, o tres) en casa. El aprendizaje requiere de motivación e
implicación personal, si no, no es tal aprendizaje.
Hay familias y
docentes “a favor” de los deberes que me rebaten:
- “Mi hija quiere
hacerlos, de hecho me pide más”. Adelante, son voluntarios, los está pidiendo
ella. Eso no son deberes. Son “quereres” (término que leí a una amiga hace tiempo, y me pareció más que acertado)
- “Yo no mando hacer
fichas, sino que los animo a buscar información en internet, entrevistar a
familiares sobre algún tema de clase…” Perfecto. Son actividades
complementarias que pueden enriquecer el aprendizaje. Sólo hay que asegurarse
de que el niño puede llevarlas a cabo en su casa, y recabar el compromiso, si
puede ser, de la familia. Y entonces no son deberes, vuelven a ser “quereres”.
- “Yo sólo mando
reforzar algún aspecto concreto a algún alumno que va rezagado”. Claro que sí.
Pero de nuevo hay que hablarlo primero con la familia, el compromiso ha de ser
mutuo. Y siendo así, dejan de ser “deberes”. “Apoyos educativos”, creo que se
llaman. Y “quereres”, al fin y al cabo.
- “Yo sólo mando lo
que no hemos terminado en clase”. Ommmmmm. En serio. Hay que hacer autocrítica y
diseñar bien las programaciones. Y si algún niño en concreto va a un ritmo más
lento del que se había programado, léase el punto anterior (o seguirlo a su ritmo, que igual necesita más tiempo pero llega, pero eso es otra cuestión).
De lo anterior se
puede ver que a veces llamamos deberes a cosas que no son tales. Premisas de
los “quereres”:
- Son voluntarios.
Las familias (los niños) los realizan en función de sus posibilidades y su no
realización no tiene consecuencias académicas ni disciplinarias.
- Son motivadores.
Tienen que incitar a la curiosidad natural, suponer un reto, tener carácter
lúdico. Son niños, no lo olvidemos.
- Son consensuados.
No podemos imponer a una familia una actividad como y cuando queremos. Hay que
dialogar. A lo mejor la actividad que proponemos no es factible para alguna
familia, pero pueden abordarla de forma diferente. O a lo mejor no pueden
realizarla en el plazo dado. Diálogo, flexibilidad, comprensión, respeto… En
ambos sentidos, no se puede pedir lo que no se está dispuesto a dar.
- Son significativos.
Sentaos y meditad. Antes de proponer una actividad, pensad qué finalidad tiene, qué
huella dejará en el niño, si realmente ayudará en su proceso de aprendizaje.
Parafraseando a José Mota, “hacerlos pa’ná es tontería”.
Y dicho todo esto,
¿con qué te quedas? ¿deberes o quereres?